Aquellos fueron dulces.
Dormíamos en la playa o en el puerto bajo las barcas.
No necesitábamos nada, si era necesario cambiarnos de ropa
en tropel volvíamos a la Estación y allí mismo sacábamos de las taquillas lo necesario.
De vuelta a Els Balmins comprábamos, si había dinero, fruta y cerveza
De cuando en cuando vino.
Las noches eran intensas y el pueblo nuestro.
No había preceptos que guardar, ni cuentas que dar
ni siquiera una casa a la que regresar.
Si el sueños nos vencía la cama inmensa de cualquier playa era para nosotros el lecho más confortable.
Si la ropa se manchaba a la basura.
Poco a poco lo fui vendiendo todo: regalos de una novia , dos anillos de plata,
dos vaqueros de marca y una cadena de oro que encontré, milagrosamente, bajo la fina arena de Cala Forn.
A los pocos días, llego Caba,
rodeado de una noble tropa de gente de Madrid.
La casa de verano de su abuelo, estaba intacta a pesar del abandono de la misma,
sin luz ni agua corriente , pero con paredes, techo y alguna cama desvencijada.
Poco a poco y en noches de tormenta, fuimos quemando puertas, muebles y ventanas, para calentarnos.
El pozo del jardín se lleno de renacuajos y yo encontré trabajo: de 10 de la mañana hasta que el ultimo cliente del restaurante italiano decidiera irse.
Através de alguien de la tropa de Madrid se unieron a nosotros dos argentinos enganchados al caballo.
Caba les dio cuartel y aquello comenzó a ser un infierno.
Los síndromes de abstinencia eras terribles y aquel esqueleto de lo que antes fue una casa dejo de gustarme.
Alquile un cuartucho en un hotel de media estrella, sin reopción y apenas sin control.
Muchas noches subía a la azotea a dormir y conmigo un tropel de gente que ni siquiera conocía. Alguien se chivo al encargado del tugurio y me puso de patitas en la calle, vuelta con la ropa a las taquillas de la estación de RENFE.
Deje de dormir y mis días eran una continua sucesión de paroxismo:
trabajo, juerga continua y delirante y vuelta al trabajo,
así durante casi cuatro meses.
Dormíamos en la playa o en el puerto bajo las barcas.
No necesitábamos nada, si era necesario cambiarnos de ropa
en tropel volvíamos a la Estación y allí mismo sacábamos de las taquillas lo necesario.
De vuelta a Els Balmins comprábamos, si había dinero, fruta y cerveza
De cuando en cuando vino.
Las noches eran intensas y el pueblo nuestro.
No había preceptos que guardar, ni cuentas que dar
ni siquiera una casa a la que regresar.
Si el sueños nos vencía la cama inmensa de cualquier playa era para nosotros el lecho más confortable.
Si la ropa se manchaba a la basura.
Poco a poco lo fui vendiendo todo: regalos de una novia , dos anillos de plata,
dos vaqueros de marca y una cadena de oro que encontré, milagrosamente, bajo la fina arena de Cala Forn.
A los pocos días, llego Caba,
rodeado de una noble tropa de gente de Madrid.
La casa de verano de su abuelo, estaba intacta a pesar del abandono de la misma,
sin luz ni agua corriente , pero con paredes, techo y alguna cama desvencijada.
Poco a poco y en noches de tormenta, fuimos quemando puertas, muebles y ventanas, para calentarnos.
El pozo del jardín se lleno de renacuajos y yo encontré trabajo: de 10 de la mañana hasta que el ultimo cliente del restaurante italiano decidiera irse.
Através de alguien de la tropa de Madrid se unieron a nosotros dos argentinos enganchados al caballo.
Caba les dio cuartel y aquello comenzó a ser un infierno.
Los síndromes de abstinencia eras terribles y aquel esqueleto de lo que antes fue una casa dejo de gustarme.
Alquile un cuartucho en un hotel de media estrella, sin reopción y apenas sin control.
Muchas noches subía a la azotea a dormir y conmigo un tropel de gente que ni siquiera conocía. Alguien se chivo al encargado del tugurio y me puso de patitas en la calle, vuelta con la ropa a las taquillas de la estación de RENFE.
Deje de dormir y mis días eran una continua sucesión de paroxismo:
trabajo, juerga continua y delirante y vuelta al trabajo,
así durante casi cuatro meses.
Rompí con todo, volví con algo más de tres mil pesetas, a Barcelona.
Vague hasta cansarme.
El tren me devolvió a casa de mis padres con el pelo más largo y diez kilos menos.
A veces me arrepiento de no haberme quedado para siempre en Els Balmins.
Aquellos días, realmente fueron dulces.

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